Por fin, el martes, después de muchos nervios, de imprevistos de última hora, de pelearnos con el proyector de video, de pensar que se nos va a olvidar todo, de quedarnos en blanco de repente, de buscar como locas esa peluca que no aparece por ningún lado, de tantas cosas, representamos en el teatro del colegio la obra que durante tanto tiempo habíamos preparado.

La historia comenzó hace ya muchos meses, allá por enero. Desde aquel primer y lejano día hasta hoy han pasado muchas cosas, y no todas buenas. Pensamos montar La casa de Bernarda Alba, de Lorca, pero resultó demasiado compleja y optamos por enfrentarnos a Diez negritos, una comedia de intriga de Agatha Christie. La convertimos en Diez negritas, nos repartimos los papeles y empezamos la fascinante aventura de montar una obra de teatro. Y llegaron los problemas: ensayos que no funcionaban, actrices que no podían asistir, otras que no se aprendían el papel, falta de compromiso, dificultades que hacían que las cosas no saliesen. Llegó el cansancio, el desánimo, el ver que el esfuerzo que unas realizaban valía para poco. Tratándose de un colegio, no podían faltar las notas, las buenas y las malas, y con ellas las primeras bajas, provocadas por un excesivo número de suspensos. Nos quedábamos sin actrices y cada vez nos resultaba más difícil reemplazarlas. Algunas se desilusionaron, otras tuvieron que dejar el grupo obligadas por las circunstancias y con mucha tristeza. Otras descubrieron que aquello no era lo suyo. Y los días pasaban, la Semana Santa se acercaba y las “diez negritas” no conseguían poner en marcha la obra.
Como agua de mayo, llegaron las vacaciones. Representaban la catarsis que necesitábamos. El tiempo que nos hacía falta para relajarnos, descansar y retomar la obra cargadas de ganas. Pero, el hombre propone y Dios dispone. El primer ensayo, al que llegábamos con tanta confianza, resultó la mayor de las decepciones. Fallos, errores, desidia y sobre todo, ausencias. Las habituales ausencias que tanto habían dificultado nuestro trabajo hasta entonces. Durante casi dos horas, sentadas en un escenario, hablamos de todo lo que había pasado, de lo que pensábamos, de lo que queríamos y de lo que íbamos a hacer. Mentiríamos si dijésemos que el fantasma de la derrota no se paseo a sus anchas por la escena durante aquellas dos horas. Demasiadas decepciones, demasiado cansancio, demasiada desilusión.

Pero decidimos nos rendirnos. Creíamos en lo que estábamos haciendo y queríamos seguir haciéndolo. Cogimos el calendario y vimos que, sencillamente, no teníamos tiempo. Nos miramos las caras y comprobamos que éramos demasiado pocos, y, además, el único chico resulto ser el director de la obra. Cualquiera en su sano juicio habría dado media vuelta y se habría ido a casa. Pero, afortunadamente, nuestro juicio no estaba demasiado sano. Decidimos olvidarnos de que la empresa era casi imposible y jugarnos nuestra ilusión a una sola carta. Después de dos semanas buscándola (otras dos “imprescindibles” semanas perdidas), encontramos la carta; se llamaba: Melocotón en almíbar.
A partir de entonces, empezó nuestra carrera contra el reloj. Ensayos casi todos los días. Nervios. Maratonianas jornadas de memorización de los papeles. Compatibilización casi imposible con esa riada de exámenes que nos inundaba. Tensión. Miedo. Dudas. Muchas dudas. Hasta el último momento pensamos que no íbamos a llegar. Y hasta el último momento, mantuvimos la inmensa ilusión que aquel día nos impidió tirar la toalla. Esta vez todo fue distinto. Creíamos en lo que hacíamos. No teníamos tiempo, pero veíamos que las cosas iban saliendo, que todas poníamos de nuestra parte, que todas veníamos a los ensayos, que todas hacíamos lo que nos tocaba, que trabajábamos juntas e ilusionadas.
El martes, los que estuvisteis, en el teatro del colegio aplaudisteis mucho más que una obra mejor o peor interpretada, aplaudisteis un camino muy largo y, a veces bastante ingrato, que cinco actrices recorrieron con pundonor, esfuerzo e ilusión, mucha ilusión, que es, al menos para nosotras, el material del que están hechos los sueños. Gracias a todos por aplaudirnos nuestro sueño.
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